Desenmascarando el racismo en Bolivia como racismo cultural (Parte I)

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►Vilma Torrico►

Este artículo lo escribo detrás de la ira que despertó en mí el asesinato racista de George Floyd en los Estados Unidos. Floyd fue un hombre negro al que un policía blanco le aplastó el cuello con todo el peso de su rodilla hasta la muerte. A veces en la academia se cree que escribir desde la ira es escribir con sesgos, es decir, desde un estado emocional que distorsiona nuestra interpretación de los hechos y nos aleja de la realidad. La ira, sin embargo, puede acercarnos a la objetividad al motivarnos a criticar presunciones falsas que no han sido cuestionadas. La ira es una reacción apropiada ante las actitudes racistas que no dejan de amenazar la vida de las personas racialmente subordinadas. La ira sirve como fuego en una zona helada ante ojos que no comprenden el sufrimiento de los cuerpos racializados (Lorde, 1981). En este artículo desafiaré la errónea creencia de que en Bolivia el racismo está muy lejos de asemejarse al que existe en los Estados Unidos. Lo haré desde la perspectiva de una mujer morena jailona, es decir, como una mujer de piel café cuyo privilegio de clase le permitió estudiar en un colegio privado en la ciudad de La Paz. Mi argumento central es que en Bolivia existe un racismo con una fuerte tensión entre raza y cultura, lo cual veces es denominado como “racismo cultural”. El racismo cultural tiene dos componentes: un racismo viejo que cree que las razas biológicas existen, y la noción de jerarquías culturales, percibiéndose la cultura que emana de la “raza india” como inferior.

Antes de explicar cómo el racismo cultural se manifiesta en Bolivia, debo clarificar los orígenes de la teoría del racismo biológico que surgió en Europa hace varios siglos. La noción de raza fue una creación, o mejor dicho una fantasía científica que arguyó poder distinguir la naturaleza de las personas según su genética, la cual se reflejaba principalmente en el color de piel, tipo de cabello e inteligencia de distintos grupos sociales. Como detalladamente explica Eze (1997), durante la exploración europea de África subsahariana en el siglo XV (periodo que coincide con la colonización de América) exploradores europeos reportaron que se encontraron con gente negra con narices planas y pelo lanudo, es decir estéticamente fea. Narraban que las mujeres tenían caderas y pechos desproporcionalmente anchos y además un apetito sexual salvaje. Pero también decían que esta gente no sabía lo que era la civilización.

Reportaban que levantaban rituales “demoníacos” para glorificar a varios dioses y que desconocían el significado de la moral. No pasó mucho tiempo para que estas crónicas llegaran a las manos de las mentes más brillantes de Europa como Kant, Hegel y Locke, quienes justificaron la adoctrinación y salvación espiritual de la “raza negra” (the negroe race), los “pieles rojas” en América del Norte y la “raza india” en América del Sur. A diferencia de la raza blanca, se creía que todas las otras razas eran imbéciles por naturaleza, por lo que la raza blanca (o caucásica) haría lo moralmente correcto al sacarlas de su salvajismo mediante la adoctrinación religiosa. Es este el contexto en el que el racismo biológico cobró vida, siendo dos sus premisas fundamentales: primero, que las razas existen, y segundo que existe una jerarquía natural entre ellas. Pero además la ciencia del racismo sirvió para legitimar el proyecto político de la colonización del Tercer Mundo. En Brasil, Colombia y el Caribe comenzó el tráfico transatlántico de esclavos y esclavas negras. En lo que hoy es Bolivia, los hombres indios funcionaban como mano de obra racial para explotar plata en Potosí. Las mujeres indias debían entregar tributos en forma de impuestos además de ser frecuentemente violadas. En Argentina hubo directamente un genocidio que se conoce como La Conquista del Desierto. ¿Cómo se relaciona esto con la Bolivia en la que vivimos hoy? 

La realidad es que el mito de las razas biológicas sigue viviendo en la mente de muchísimas personas bolivianas de todas las edades, pese a que un equipo científico de las Naciones Unidas declaró hace ya setenta años que las razas no existen (UNESCO, 1950). Por ejemplo, recuerdo cuando mi abuelo, un racista frustrado que para su desgracia su piel atestiguaba tanto ascendencia india como española, me explicaba cuando era niña que tener vello corporal era una muestra de superioridad racial. Y que si me fijaba bien los indios e indias no tienen vello. Me decía que la raza india es terca, caprichosa y egoísta por naturaleza. Me decía que es una raza janiwa que no conoce los códigos morales. Evidentemente el prejuicio racista también pervive en la próxima generación. Como anécdota, durante la cuarentena retomé contacto con un exprofesor quien a propósito tiene un doctorado.

Entre charla y charla me dejó perpleja cuando me confesó que la raza blanca-europea es más inteligente por naturaleza. Le objeté aquello con el contraejemplo de Fausto Reinaga, autor de La Revolución India, cuyos libros tienen una calidad envidiable, pese a toda la discriminación racial que tuvo que enfrentar, por ejemplo, al tener que hacer hasta lo imposible para conseguir un terno para defender su tesis de licenciatura en la Universidad Mayor de San Andrés, porque en los setentas era imposible que un aimara pueda defenderla luciendo su vestidura tradicional. Pero, según mi exprofesor, Reinaga es solamente una excepción, pues la raza blanca ha demostrado a lo largo de la historia, a través de sus avances tecnológicos y científicos, su superioridad intelectual. Le respondí que es una pena que piense así, porque según esa lógica yo, que tengo piel color madera, seguramente no podré alcanzar el nivel intelectual de alguien que tiene ascendencia blanca solamente. Mi exprofesor me contestó que yo era blanca en un tono altamente paternalista, como si intentara salvarme de una crisis existencial en la que yo estaría atrapada.  

No es la primera vez que algunos compatriotas bolivianos me dicen que soy blanca cuando empezamos a hablar de racismo, a veces con bastante sinceridad, a veces creyendo que con decirme aquello me quitarán la autoridad moral para denunciarlo. Otras personas no dudan en decirme que soy morena, claro está. Pero a pesar de que la mayoría de mis compatriotas y algunos segmentos de la sociedad me hayan racializado como blanca y/o “mestiza”, no impidió que una compañera me haya llamado “negra” cuando éramos niñas, cuando en aquél entonces mi piel era más café aún. Ni que hace un par de años una mujer blanca en estado de ebriedad me haya dicho en una discoteca cruceña que no querían indias en su mesa. ¿Entonces cómo se explica que para unos sea blanca o mestiza, pero no deje de ser india para otras?

Desde mi punto de vista, una respuesta adecuada surge desde la lente del racismo cultural. Como mencioné en el primer párrafo, el racismo cultural tiene dos componentes inseparables: el racismo biológico y la noción de jerarquías culturales. Permítanme ilustrarlo con casos de mi propia experiencia. Cuando tenía unos quince años una compañera insultó a mi amiga por su apellido, gritándole: “Cállate, Choque”. Mediante este insulto racista, mi compañera reveló su odio hacia la raza india (su indioginia), recordándole a mi amiga que su apellido era testimonio de la indianidad que habita en su cuerpo. La indianidad acá se entiende como una esencia racial que inferioriza a quienes la poseen. Este insulto, además, tiene un valor simbólico: el de recordarle su posición de subordinación en la jerarquía social. Este hecho de racismo ejemplifica un racismo biológico. 
Por otro lado, hay expresiones racistas más complejas que a una la dejan desconcertada, pero que cobran sentido cuando se introduce la noción de jerarquías culturales. Cientos de veces, quizás miles, escuché cómo mis compañeros y compañeras se rebotaban la palabra “cholo” y “tara”, por todo y por nada. Incluso podías ver a mis compañeras blancas diciéndole “no seas chola” a otra mujer blanca. Veías a alguien con la piel morena diciéndole “qué cholo que eres” a un hombre blanco, aunque con menos frecuencia, claro, y con mayor inseguridad en el tono de voz. Hay quienes creen que decir “qué cholo o qué tara” no es racista, sino mero desprecio a la cultura chola, y por lo tanto discriminación cultural o étnica, pero no racista. Pero sí lo es, solo que se necesita insertar el segundo componente del racismo cultural, es decir, la noción de jerarquías entre culturas. Según la vieja teoría biológica de las razas, la cultura es una mera emanación de la raza biológica (Mills, 1998). De ahí que se creía que las razas no-blancas tenían limitaciones genéticas para producir patrones culturales modernos, y por lo tanto adoptar comportamientos civilizados. Es de esta manera que la jerarquía entre razas biológicas ha estado inextricablemente ligada a jerarquías culturales. Por ello, el racismo boliviano siempre ha incluido fuertes tensiones entre raza y cultura.  La cultura que emana de los indios es percibida como inferior: su idioma, su forma de vestir, sus formas de vida, sus gustos culinarios, su arte y sus valores estéticos. Para el racismo cultural no importan las enormes diferencias que puedan existir entre las culturas aimara, quechua o guaraní, pues lo indio es homogéneo; lo cholo y lo tara es único e igualmente inferior. Por ello cuando una persona tiene mal gusto, huele mal o no sabe vestirse apropiadamente, se le percibe como chola, palabra que en este contexto funciona como sinónimo de india. La cultura india se asocia a lo ordinario y a los instintos más “salvajes” del ser humano. De esta manera se entiende por qué entre mis compañeros se decían “saca tu indio” para motivarse unos a los otros antes de irse a golpear después de clases. Además, esta explicación de inferioridad racial-cultural resulta adecuada para desenmascarar el racismo de cuando mis conocidos se desfloraban y pedían disculpas diciendo: “perdón, se me salió el indio”. O cuando entre conversaciones se escuchaba el susurro “no tengas boca de chola, oye” o “pareces imilla”, cuando alguien seguía pautas de comportamiento asociadas a la rebeldía india. Por lo tanto, no se puede concluir que la generación millenial boliviana es menos racista que las anteriores generaciones, por lo que coincido con Piérola (2020).

Como sostuve antes, el racismo biológico y la noción de jerarquías culturales están íntimamente ligados, no pudiendo el primero existir sin el segundo. Por ello, el racismo cultural siempre apela al aspecto físico, al color del cuerpo, a su tipo de cabello y a otros fenotipos. Aquí lo que se conoce como “colorismo” juega un papel imprescindible. El colorismo se refiere a las distintas tonalidades de piel que sugieren a qué grado uno tiene ancestros indios o europeos ante el juez del racismo. Por ejemplo, en el colegio tenía un compañero cuya piel es de tonalidad café-oscura. Era y es un tipo con mucho dinero, hablante nativo del castellano. Detrás de sus espaldas se rumoreaba que era un cholo con plata. Pero si se le quitara lo cholo y se le mantendría la plata, obviamente mi compañero se hubiera convertido en un jailón completo ante los ojos de la supremacía blanca (ver también Machaca, 2019). Y yo, que tuve la mala suerte de crecer en un entorno racista hasta los dientes, también escuche el término “blanquiñoso”, es decir, una persona que se “cree mucho”, pero cuyos rasgos físicos delatan la presencia de genes indios en el cuerpo.

Obviamente, la ausencia de estos rasgos proyectaría a esta persona como alguien simplemente arrogante. Este tipo de prejuicio racial es individual, pero es configurado bajo concepciones colectivas raciales. 

Por último, el acento y el idioma son otro eje central del racismo cultural. Si alguien habla el castellano con un acento aimara o quechua, esto es tomado como evidencia de ascendencia india, pese a que alguien pueda tener la piel relativamente clara, incluso blanca. El racismo en Bolivia es tan perversamente matizado que en estos casos se puede llegar a oír  “es medio cholo” o “es medio chota”. Entonces, la forma de hablar y el acento se toman como pruebas de ascendencia racial. Hace unos meses miles de personas se divirtieron con la frase “por qué cuerren”, en vez de la pronunciación adecuada en castellano “por qué corren”. A partir de aquello surgió un debate sobre si esto era o no racista, pero un debate llevado a cabo sobre la base de la ignorancia epistemológica de cómo se configura el racismo en Bolivia. Se solía objetar “la gente también se hace la burla de los jailones cuando pronuncian “quién se wrinde” en vez de “quién de rinde”, por lo tanto, esta burla no es racista. En consecuencia, decir que los y las alteñas son salvajes tampoco es racista. Este argumento, sin embargo, es cuestionable porque ignora las relaciones de poder que han existido entre el grupo racial que históricamente ha ocupado la cima de la jerarquía social y el que ha sido subordinado. Prueba de estas estructuras de poder raciales persisten es el hecho de que en Bolivia las personas que se autoidentifican como blancas o mestizas (pero en ningún sentido indígenas o indios) están sobrerrepresentadas entre las clases medias y altas (Molina, 2019), contando además con una mejor educación (Loayza, 2018). 

Concluyo que a través este marco conceptual es perfectamente entendible por qué hay quienes me racializan como blanca en Bolivia. Pues mi acento no es relativo al aimara ni al quechua. Mi apellido no denota ascendencia india directa; ergo, no lo soy. Para otras personas (me incluyo en este grupo) soy morena, es decir, una mujer de piel café. Pero debido al colorismo, la tonalidad de mi piel tampoco constituye evidencia suficiente para que se deduzca que en mi cuerpo hay una preponderancia genética india, o ascendencia india inmediata. Sin embargo, que en Bolivia no sea racializada como india, no impide que enfrente discriminación racista de forma esporádica, como me sucedió en aquella discoteca cruceña. Esto se debe a que las razas son una construcción social, y por ello objeto de tantas contradicciones. Mi conclusión es que el racismo que prepondera en Bolivia es una mezcla entre el viejo racismo biológico y la discriminación de la cultura india, siendo el resultado un profundo y sistemático racismo cultural, donde el apellido, el colorismo y el acento/idioma importan. Raza y cultura se interrelacionan mutuamente, y son inseparables. En la segunda parte de este artículo expandiré la noción del mestizaje, la intersecciones entre raza y género y responderé a críticas.

v.b.torrico@gmail.com

REFERENCIAS Eze, E. C. (1997). Race and the Enlightenment: A Reader. Wiley.Loayza, R. (2018). Los rostros, los lastres y la razón del racismo habitual. Tensiones raciales en la interacción pública rutinaria en La Paz. In Las caras y taras del racismo. https://www.researchgate.net/publication/328676122_Los_rostros_los_lastres_y_la_razon_del_racismo_habitual_Tensiones_raciales_en_la_interaccion_publica_rutinaria_en_La_PazLorde, A. (1981). “The Uses of Anger: Women Responding to Racism.” https://www.blackpast.org/african-american-history/speeches-african-american-history/1981-audre-lorde-uses-anger-women-responding-racism/Machaca, W. (2019). “Generación Evo”: ¿Renovación q’ara en el gobierno indígena? https://jichha.blogspot.com/2019/08/generacion-evo-renovacion-qara-en-el.html?fbclid=IwAR0o-qgZ0UXbgEYah_p6A_Sfv-QoQqTKxbkRkamTleUMp9R67VKe4vtl6SMMills, C. W. (1998). Blackness Visible: Essays on Philosophy and Race. Cornell University Press; JSTOR. https://www.jstor.org/stable/10.7591/j.ctt1tm7j79Molina, F. (2019). Modos del privilegio: Alta burguesía y alta gerencia en la Bolivia contemporánea. https://www.cis.gob.bo/publicacion/modos-del-privilegio-alta-burguesia-alta-gerencia-la-bolivia-contemporanea/Piérola, C. (2020). Racismo jaila-millenial hecho en Bolivia. https://cronistaslatinoamericanos.com/racismo-jaila-millennial-hecho-en-bolivia/UNESCO. (1950). The Race Question. http://www.honestthinking.org/en/unesco/UNESCO.1950.Statement_on_Race.htm

https://jichha.blogspot.com/2020/06/desenmascarando-el-racismo-en-bolivia.html?m=1

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